Para mí: era, sigue y seguirá siendo un pueblo, y, además, un pueblo de burgueses.
Un pueblo con unas culturas y tradiciones bastante alejadas de la otra realidad que es la polifacética cuidad.
Me fui, porqué rodeada de tanta incomprensibilidad y tanta frialdad, preferí sentirme sola y perdida en una ciudad de 1.600.000 habitantes antes que sentir la intolerancia clavada en mi sien en un pueblo de 33.500.
Y ahora regreso como visitante -como un camionero solitario que se perdió tras su fuga y decide hacer una breve parada de descanso en un pueblo encontrado en el olvido- reconociendo que mi corazón se curtió en buena parte por las calles de esta villa, y mi mente se transformó gracias a algunas personas de ésta y, por este motivo, mis cortas visitas nunca me saben a indiferencia.
Una vez piso las aceras que tanto anduve en un tiempo anterior, una especie de energía procedente del suelo se filtra por mi cuerpo y me encadena a un sentimiento lleno de contrariedades y nostalgias a su vez.
Porqué al fin y al cabo no hice más que huir y esconderme en la gran ciudad creyendo que así se aliviaría todo el dolor que sentí en su día.
Por eso cuando regreso, aun lo siento, porqué nunca desapareció, únicamente lo abandoné en el olvido pero no en mi corazón, pues forma parte de lo que soy.
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