Hoy he pintado. En un sentido literal, artístico, metafórico, teatral y hasta dramático. Capa tras capa, intentando tapar esos trozos visibles que antaño sumergían de las profundidades más húmedas y hondas. Húmedas, en su sentido más figurado. Hondas, en su sentido más profundo que habita en el interior de éste pesar tan pesado.
He pintado, y me he quedado fuera de lugar. Fuera porqué no he podido plagiarme en esa mugrienta pared. Tan solo capas y capas de recuerdo afloraban cada vez que daba un brochazo. De nada ha servido.
Pintar es como nuestra mente y nuestro corazón: vamos tapando y tapando por tal de esconder esos badenes por los que saltamos haciendo caso omiso de su presencia, y sin embargo, solo conseguimos ataviarlos temporalmente.
Temporalmente. Últimamente mi mundo se regenta por las temporalidades pragmáticas. Por las temporalidades austeras. Por los cortes de tiempo que reducen la satisfacción o el mal estar.
Temporalidades frenéticas, vagabundas de un tiempo perdido.
Vagabundas con la incerteza de dónde apostar, de dónde reposar, y de dónde pasar.
Como el efecto fugaz que cubría esa torpe pared.
Hoy he pintado. Y aún cuando veía los colores divergir entre ellos en el mismo espacio… Aún cuando volvía a pintar una vez tras otra para inmortalizar ésa tonalidad que no quería postrarse… Aún cuando he rabiado desconsoladamente sin entender porqué el pasado quería tan desesperadamente mostrarse en “mi pared”… Aún así, he decidido no cubrir más esas marcas que, al fin y al cabo forman parte de esa pared, y me he limitado a pintar lo que he podido pintar.