Los adultos cometemos estupideces.
Una tras otra. No hay fin en esta carrera de fugitivas ideas absurdas que nos empujan a ridiculizarnos día a día, a sentirnos estúpidos, a sentirnos un poco peor, de lo que ya podemos ser.
¿Cómo te contaría la vida a ti?
Pequeña flor, protegida por un sol que te brinda los rayos de luz y energía más puros que pueda irradiar la fuerza de la naturaleza. La fuerza del amor. De la vida. De la esperanza. De la fe.
Como explicarte qué es la vida, o cómo somos los humanos.
A ti, que todo lo ves con una inocencia ilusa que corta el aire, que nubla la mente, que le da a una, un vuelco al corazón tan grande, que solo puede sentir ganas de vivir y de cometer travesuras a tu lado.
Cómo explicártelo sin que la sonrisa que viste tu rostro, se transforme.
Sin que esa sonrisa jovial y verdadera, también inocente, tome la forma del dolor, la amargura, y el temor.
Cómo decirte que los adultos, somos peores que los niños, porque tenemos más conocimiento, y sin embargo, cerramos el libro sin querer aprender la lección. Porque creemos que la lección es la clase que nos damos a nosotros mismos, y porque pensamos que nuestra lección, es la que tenemos que dar a los demás. Que tan solo hay un libro verdadero, una lógica única, una única explicación.
Cómo hacerte entender, que las estrellas no son ángeles, aunque con ellas, sientas que te puedes proteger.
Cómo explicarte que este vacío que siento, pequeña, al no verte, al no oírte, al no sentirte, con el tiempo, se convertirá en un profundo silencio, que terminará en un muro más cubriendo mi corazón, y tal vez, mi corazón, será un poco menos libre, y menos manso, de lo que es el tuyo. No será ingenuo, porque habrá sentido tanto dolor, que no querrá exponerse a pequeños ángeles como tú. Porqué temerán que ésos ángeles marchen.
Y ya me ves, en estas horas tan inciertas, tan lejanas a los sueños que cavilan por las mentes de los más pequeños. En las mentes llenas de fantasías y vagos recuerdos. Y también viven algunos miedos, pero se borran en la sombra de un abrazo materno, de un abrazo cubierto de tiernos y bondadosos deseos.
Pero para mí esta noche no tiene futuro, más que el de arroparme en la cama, y oír el lejano murmuro de tu sonrisa. La tierna mano buscando la mía. El jolgorio ocasionado por la picardía de la rebeldía. El llanto provocado por el no entendimiento, y por no saber poner palabras a los sentimientos – pero esto nos ocurre también a los mayores –.
Cómo explicarte, cosita, que todo lo bello que construyes ahora, al paso de los años, se vuelve en una sátira llena de incongruencias, nada elocuente, y regalos ofrecidos a despecho sin una flor que adorne el paquete. Sin una sonrisa entregándolo. Sin una mueca de agradecimiento.
¿Qué hablo de regalos?. Esto es banal.
Toda la ingenuidad que adorna tu pequeño gran mundo, se evaporará como el agua en estos días de verano, donde los lagos se quedan secos, y los peces sin hogar.
Esta es la pequeña metáfora de la vida.
Pero, léeme atentamente, pequeña, porqué en todo lo dicho, pocas cosas son reales, y tan solo hay una gran verdad, que debes de creer siempre, para poder vivir con la inocencia, ingenuidad, alegría, ilusión, y espontaneidad, con la que lo haces ahora:
Aunque creas que tu corazón, tan solo es una pequeña parte de ti, en realidad, es lo más grande que habita en tu interior. Y es la única voz que debes escuchar para no dejar de ser nunca la niña que eres. Solo así, podrás vivir con la paz que te da el actuar con la certeza de que tus pasos son los correctos, y solo así, podrás vivir con una sonrisa en tu cara, aunque de vez en cuando, el llanto te visite. Porqué los niños, ríen y lloran. Y los adultos, también.