Nos reencontramos independientes, individuales, egoístas y autónomas.
Nos reencontramos después de años vividos a ciegas de lo que fueron nuestras vidas.
Nos reencontramos, como si fuera ayer cuando llorábamos nuestras penas por cada esquina. Cuando susurrábamos al viento que la tristeza nos carcomía, porqué los idilios de para entonces, nos robaban nuestro día a día.
Nos reencontramos, pero: no, no somos desconocidas.
Y los años nos convierten en magas, en sabias, en profanas, en vagabundas incomprendidas que buscan la verdad atrapada entre tantas telas de arañas.
Y la realidad nos acerca a la incomprensión, a la búsqueda de una autenticidad tan castigada hoy en día por la sociedad.
Y nos quejamos de aquellos que llamamos locos, de aquellos que no albergan una razón por encima de su ilusión. De aquellos que profanan como vocación la irracionalidad de dañarnos y encerrarnos en un cajón. Y, cuando nos revelamos contra ellos, entonces, es entonces, cuando parecemos nosotras las locas.
Es cáustico. La erosión que se teje en nuestras pieles. Mordaces, tantas palabras envenenadas, tantos gestos injustificados e inocentes a su vez, que terminan por crearnos a su antojo, y en su profunda estupidez.
Y terminamos en el mismo epicentro de dónde todas las cosas se demostraron por el sentido común. El sentido común que engloba tantas controversias como pueden ser: los sentimientos, la cordura, la razón, la irracionalidad, el consciente, el subconsciente, los pensamientos, las emociones... todos van al mismo saco: la psicología.
Es generosa la visión de contemplar como el humano lucha por su individualidad, lucha por deshacer todo aquello que su propio núcleo familiar construyó por él, lucha por no cometer los mismos errores que le hicieron errar en su camino.
El monstruo de debajo la cama, cierto día se incorporó a nuestro cuerpo, y no nos abandonó. Pero la experiencia nos ayudó a reconocerlo entre el recelo de querer liberarse de éste, y así pudimos regresar a la madre de toda conducta humana: la psicología.
Y nos reencontramos. No somos desconocidas. Sí nos abandonamos a nuestro mutuo acuerdo, para encontrarnos de nuevo, desconocidas que se conocen por lo que fueron. Desconocidas por lo que andan en este camino incierto, el cual quieren labrar con sus manos, sin miedos, con plenos deseos de deshacerse de sus miedos. Con pleno deseo de saber, que de sus vidas son dueñas, y que ningún factor ajeno puede destruir sus sueños.
El silencio ha perdurado demasiado tiempo entre los truenos. La tormenta no dejó más que amargos recuerdos, pero, como ya sabemos, la tormenta lleva de regreso al sol, a una luz que brilla intensa y resplandeciente, para alumbrarnos de buenos deseos.
La psicología nos llena de esperanza. La esperanza de saber que en la cordura de la locura reside el pensamiento correcto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario