Te ríes a carcajadas.
Ilusamente, como el resplandor de una linterna
apuntando fijamente, con la claridad del alba,
y la timidez del atardecer.
Te ríes según tú, abriendo los chakras,
aunque no sabes cuál,
y lo preguntas riéndote aun más,
porqué tu pregunta es imprecisa,
igual que su respuesta,
igual que el motivo por el que desprendes
tu alma de tu mente.
Alguien te dijo qué chakra era:
el del corazón, el que rige la alegría y la felicidad,
y me pregunto, inocente,
como una niña que no entiende de cosas de mayores
si será por la felicidad que te aporta mi presencia
o por los cigarrillos especiales que te has fumado durante mi ausencia.
Te ríes. Me duele tanto ser niña ahora,
que solo puedo quedarme quieta,
mirándote, pensando qué hice mal.
Pero yo no soy la madre.
Tan solo busco tu regazo ahora,
estoy perdida en un pueblo olvidado por el tiempo,
marginado de las prisas de la sociedad en la urbe,
rescatado por las manos que trabajan la tierra,
en el seno de una montaña húmeda
y mojado por un río que lo protege.
Pero estás tú.
En tus formas más incorrectas.
En la de madre protectora,
la que corta tus alas cuando ni tan siquiera has echado a volar.
La madre entusiasta, la que vive a través de tus sueños
porqué ella olvidó soñar.
La de la madre mujer, a la que me acerco
por momentos tan frágiles, que una palabra o un silencio
pueden hacernos quebrar.
La de mi madre, la hipérbole de los ángeles sin sexo,
el desentendimiento de las emociones rotas,
el indescifrable enigma que suscita en nuestras vidas.
Tú.
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